Crecí en Popayán contemplando atardeceres mágicos que encendían el cielo de un rojo intenso, siempre recortados sobre la silueta del cerro Munchique al occidente. Un espectáculo natural que, desde niño, alimentó mi infancia y grabó en mi memoria la belleza de nuestra tierra. Aquella fascinación temprana no se quedó en el ayer. Con los años, la vida me dio la oportunidad de estudiar ecología, una vocación que me ha permitido conocer y desarrollar acciones para la conservación de la biodiversidad y sus servicios ecosistémicos, entre ellos, el más importante de todos: el agua.
Fue así como el destino cerró un círculo perfecto y me otorgó el honor de trabajar en el corregimiento de Los Anayes y su acueducto, el cual se abastece precisamente de un río que nace en las estribaciones de ese mismo gigante de nuestra cordillera occidental. Trabajar por el agua que nace en el lugar que inspiró algunos de mis recuerdos de niñez, ha sido una manera de devolverle algo a la tierra que me vio crecer.
Una paradoja en el territorio
Sin embargo, este reencuentro con el territorio me ha enfrentado a una realidad profunda y dolorosa. En los corregimientos de Los Anayes y Uribe, en el municipio de El Tambo, el acceso al agua es un derecho histórico gestionado a pulso por la comunidad, pero largamente postergado por el Estado, tal como ocurre en tantos otros rincones de Colombia.
Resulta una paradoja melancólica y cruel que vivamos en un país que alberga el 4,1 % de los recursos hídricos globales, mientras cerca de 13.8 millones de compatriotas, una tercera parte de nuestra población, enfrentan graves dificultades para acceder a ella. Proteger este bien de la naturaleza ya no es solo un deber profesional, sino un clamor urgente ante una realidad dantesca; el agua es el derecho más vital para la vida y el alma de nuestros pueblos.
Como oficial de monitoreo y evaluación (MEL), asumí la responsabilidad de medir el avance de un proyecto que, de entrada, desafiaba el tiempo y la lógica de la realidad territorial. Lo que sobre el papel se presentaba como un cronograma de indicadores y metas, en la práctica se convirtió en una travesía intensa y gratificante para mi vida profesional y personal.
El núcleo técnico del proyecto consistía en la rehabilitación de una infraestructura de acueducto construida hace más de 30 años, la generación de conocimiento sobre resiliencia climática entre los suscriptores y el desarrollo de acciones de restauración en la microcuenca Minayaco, tributaria de la subzona hidrográfica de río Sucio.
La tubería, los tanques y el desarenador reflejaban el abandono estatal y el desgaste implacable del tiempo. Ver el estado inicial de las estructuras generaba escepticismo; sin embargo, devolverle la vida a este sistema casi obsoleto demostró que la ingeniería, cuando se combina con la voluntad comunitaria y el trabajo en equipo, alcanza grandes objetivos. Ver el agua correr con fuerza y pureza por una red que estuvo al borde del colapso fue la validación definitiva de que cada dato registrado tenía sentido.
El agua tiene rostro de mujer
Ningún indicador de infraestructura sostiene un proyecto si la base social no se apropia de él. El trabajo con las comunidades de Los Anayes y Uribe fue arduo y constante. Hubo que derribar desconfianzas iniciales, coordinar espacios comunitarios y desarrollar capacitaciones para la junta administradora local del acueducto. La comunidad puso su fuerza, su conocimiento del territorio y su esperanza.
En este camino, el liderazgo femenino emergió con una fuerza descomunal. La determinación de las mujeres, desde los liderazgos de Mercy Corps y la coordinación del proyecto, hasta la gerente del acueducto y sus apoyos operativos (todas mujeres), las convirtió en las protagonistas de esta gestión. Ellas fueron la brújula y el motor: con una firmeza inquebrantable sostuvieron las jornadas de trabajo, lideraron la junta y recordaron a la comunidad que el agua es sinónimo de vida y arraigo.
Su capacidad para tejer acuerdos, conciliar en momentos de tensión y movilizar el trabajo comunitario demostró que la gestión de un derecho fundamental en el territorio tiene rostro y fuerza de mujer. Un liderazgo que no solo administra tuberías, sino que siembra esperanza colectiva. Mi rol me permitió registrar no solo los metros de tubería instalados, sino también el cambio de actitud de la gente: el paso de la resignación al empoderamiento. La reactivación del acueducto es, ante todo, un triunfo comunitario.
A pesar de los desafíos el programa Agua Comunitaria avanzó y logramos, entre todos, llegar a buen puerto. Hoy, el agua que corre por las tuberías del acueducto comunitario Gueleito Los Anayes Seguengue es el testimonio silencioso de que el trabajo comunitario y el desarrollo territorial son motores de transformación cuando se ejercen con el corazón.
Esta experiencia transformó mi visión del trabajo humanitario, me demostró que el agua no solo es vital, sino que también une a los pueblos y lava rastros de la violencia, dejando a su paso una semilla de dignidad que el tiempo ya no podrá borrar.
Mi más profundo agradecimiento a las instituciones, organizaciones, comunidades y personas que con determinación aportaron al proyecto Agua Comunitaria. Nada de esto hubiera sido posible sin su valiente apoyo.