Cuando planificamos un viaje sea corto o largo, por lo general hacemos maletas a donde llevaremos lo necesario para los días o el tiempo que durará el viaje. Parece una tarea fácil y nada complicada, sin embargo, cuando es un largo viaje y sin fecha de retorno, no hay maleta que sea suficientemente grande para guardar todo lo que desearíamos llevar.
Hace más de cuatro años estuve buscando una maleta grande donde pudiera guardar además de mi ropa, algunas cosas personales como recuerdos, sueños, expectativas, dudas y temores.
Era un viaje “planificado” y sin retorno a corto plazo, que había postergado por varios años. No quería huir, y dejar a mi madre, mi familia y mi patrimonio de años, pero la crisis política, económica, social, de violencia y sin garantías de derechos, me obligaron a materializarlo. En agosto del año 2017, dejé mi patria Venezuela con rumbo a Colombia, donde desde entonces, nos han recibido con amabilidad y solidaridad a pesar de lidiar con sus propias crisis internas.
El impacto de migrar se vive en cada persona de forma diferente, y dependerá de factores como: la edad, el sexo, el género, la profesión, el país a donde se migra, con quién migras, etc. Sin embargo, lo que es común es que nos une el duelo por la pérdida del suelo patrio. En mi caso, migré en edad madura, de la mano de mi esposo y mi hijo, dejando atrás la vida que creí ya estaba trazada, trabajada y bien planificada. Pero como nada está definitivamente escrito, hoy estoy viviendo una nueva vida en otras tierras con altos y bajos, pero llena de oportunidades.
Desde hace años atrás y mucho antes de migrar, veía con admiración la labor que realizan las organizaciones humanitarias, ese acompañamiento y apoyo para aliviar el sufrimiento de las poblaciones más vulnerables en crisis o en tragedias provocadas por el hombre o desastres naturales. Deseaba algún día ser parte de por lo menos una de ellas y así desde mi servicio, mis conocimientos y profesión de psicóloga, poder aportar un granito de arena a la transformación y reincorporación social de los más vulnerables.
Es así como Mercy Corps me abrió sus puertas en octubre del 2021, en el cargo de Oficial de Protección y Género de Antioquia, donde me recibieron como parte de su familia y me han instruido, apoyado y capacitado.
Actualmente tengo un valioso equipo que me acompaña a las comunidades a ofrecer un espacio seguro, de bienestar, protección y apoyo psicosocial a mis hermanos y hermanas venezolanas, que como yo, han llegado a este país en búsqueda de una nueva oportunidad para mejorar su calidad de vida y bienestar emocional, permitiéndonos desempacar los sueños rotos que guardamos en nuestra maleta.