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Mi tierra, mi vida

17/09/2019
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Asistencia Humanitaria Integral BPMR XIII


Por: Valentina Jacome.

Helena* representa el carácter y la fortaleza de las mujeres campesinas colombianas. Su voz es firme y su andar pausado, esta mujer de 63 años fue víctima del desplazamiento forzado, dos veces. Su historia se ha convertido en un legado de lo que alguna vez ocurrió en varios municipios de Antioquia y que obligó a decenas de familias a deambular sin rumbo, dejando una vida atrás.

Vivía en su finca “La Secreta”, en el municipio de Paravandó, Mutatá; una pequeña región del Urabá antioqueño que limita con los municipios de Turbo y Chigorodó. Tiene seis hijos, los dos grandes y los cuatro pequeños, como dice ella.

Como campesina antioqueña, Helena vivía de trabajar la tierra; cultivaba papa, plátano, arroz y yuca. Además, tenía marranitos, gallinas y más animales que su papá le había dejado junto con 30 hectáreas de tierra. Se ganaba la vida con su esposo vendiendo lo que cultivaban en su finca, empacaban cajas de plátano para despachar a la ciudad de Medellín.

Hace 21 años, Helena vivió el conflicto armado en su región cuando grupos armados le arrebataron su amada finca y tuvo que tomar la decisión de dejar su hogar y huir de la zona. “En el año 98 empezaron los combates en el pueblo, eso era diario, yo le dije a mi esposo que se llevara a los niños”, dice.

Helena abandonó Paravandó y llegó al municipio de Carepa (Antioquia) con cuatro de sus hijos, no mayor ninguno a 8 años. Estuvo de paso allí y luego se dirigió a Trinidad, otra pequeña región del departamento. Allá comenzó a trabajar en una bananera donde no le pagaban mucho, pero donde estuvo casi dos años así. “No teníamos casi comida, yo estaba desesperada”, dice Helena.

Volver donde comenzó todo

En año 2000 Helena decidió volver a la finca a la que tantos años dedicó su trabajo. “Tú sabes que eso es de nosotros”, le decía Helena a su esposo Juan cuando comenzó la idea de volver a su tierra. Cuando llegó a su finca, encontró que había personas ocupándola y que les habían quemado la casa.

No fue la primera vez. Volvió a visitar Paravandó de manera esporádica para vender pescado y comprobar, disimuladamente, cómo su tierra producía yuca y plátano para otras personas. Juan, su esposo, le advertía que no era buena idea volver allá y que no pensaba poner su vida en peligro ni la de su familia. Una de estas veces, se encontró con un grupo de hombres que trabajando su tierra.

Muchachos ¿con qué permiso están ustedes trabajando aquí? – dijo Helena a uno de los hombres.

La tierra está sola y como el dueño no aparece – dijo uno de los hombres.

Qué pena con ustedes, yo tenía mi casa allá donde todo está eso quemado (…). Esas tres palmas de coco que están ahí las sembraron mis hijos” – dijo indignada.

Al final decidió proponerles dejarlos trabajar nueve meses más en su tierra, hasta que pudieran sacar la yuca que habían sembrado, y no cobrarles los 400.000 pesos del arriendo mientras que ellos ganaban entre 19 y 20 millones de pesos con las ventas de lo que cultivaron. A los dos meses, volvió con su esposo, los humos aumentaron y don Juan afirmó sin miedo que iba a defender lo que era suyo y de su familia.

Helena sabía que su familia y su vida estaban corriendo peligro sin embargo, quitar las denuncias y procesos legales que ya estaban en marcha era entorpecer su idea de recuperar la finca. “Este es el sudor mío y de mis hijos”, le decía don Juan a quienes preguntaban.

Tras dos días recibiendo amenazas, Helena decidió acudir a la Personería de Apartadó para proteger a sus hijos pequeños. En Turbo, lograron encontrar una casa en alquiler que podían pagar, la incertidumbre consumía a la familia, pero fue suficiente para no tener que escuchar las voces armadas de una amenaza.

Allí conocieron a Mercy Corps y el programa Soluciones Humanitarias Duraderas. “La señora Sixta”, como Helena le dice, orientó a la familia sobre cómo participar en el programa y construir un plan para su futuro cercano. Su hija Steffany recuerda cómo fue encontrar el acompañamiento del equipo de Mercy Corps y cómo logró recibir orientación con psicólogos profesionales y conocer sobre valores y derechos.

La familia conoció por primera vez lo que era tener un plan de negocio y “no estar pidiendo créditos por cada cosa”, contó Steffany Ahora están vendiendo queso y el negocio está siendo rentable para acaparar los gastos de Helena, Juan, dos de sus hijas y cuatro nietos.

La Secreta ahora está en manos de las autoridades, el sueño de la familia de recuperar lo suyo sigue en pie. Mientras tanto, gracias a dos ayudas económicas de Mercy Corps, lograron traer a Turbo, las cosas que lograron recuperar de lo que quedó en la finca.

Aspirar a algo más allá de las dificultades

“Me di cuenta que uno tiene que aspirar a algo, querer más en la vida. Confrontar otra realidad era muy difícil”, dice Steffany. Entre lágrimas recuerda ver a sus papás despertar antes de que saliera el sol, le duele revivir en su mente las imágenes de ver a su papá amenazado con un arma.

Helena lo único que dice pedirle a Dios es que bendiga a su familia y a las personas de las que depende de que se haga justicia con su tierra. Su finca, La Secreta, no es solo su patrimonio familiar, es su trabajo, su vida y su alma.

Para ella la tierra es algo grande, majestuoso; no es de las mujeres que les gusta pagar por la comida, “Yo sé trabajar la tierra”, dice con orgullo. “La tierra todo se lo puede dar: leche, mantequilla, yuca, papa. Eso de estar comprando no me sirve”, dice sin miedo.

Como Helena, muchas mujeres campesinas no se han resignado a dejar de trabajar en lo que es su vida: la tierra. Hoy día está sobrellevando la situación con cautela e inteligencia y está esperando ansiosamente que la justicia le ayude a recuperar su tierra.

Con el programa Soluciones Humanitarias Duraderas, apoyamos a más de 5.300 personas víctimas del conflicto armado en 24 municipios de Chocó, Putumayo, Cauca y Antioquia.

Nota: Los nombres fueron sustituidos por motivos de seguridad.