Icono menu

Las manos amigas que ayudaron a Milena a encontrar un nuevo futuro

09/09/2019
Portada noticia

Respuesta de Emergencia Venezuela


Milena vivía en una casa a las afueras del municipio de Santa Rita (Venezuela), donde trabajaba de docente hasta que decidió venir a Colombia para buscar mejores oportunidades de vida.

Sus cuatro hijos: Abey de 16, Yuliana de 15, Julio de 6 y su pequeña bebé que acaba de nacer en territorio colombiano, han sido testigos del esfuerzo y compromiso de su madre por brindarles una mejor calidad de vida. Su padre falleció hace un año, desde entonces Milena ha hecho todo lo que está a su alcance para sostenerse económicamente.

Era maestra de cultura en el ministerio de educación de Venezuela y es licenciada en educación primaria y en cultura, sin embargo, hace un año decidió empezar a buscar mejores ingresos vendiendo víveres en Colombia, porque a pesar de tener un trabajo estable en su país, este no le alcanzaba para vivir.

“Allá no se puede ejercer porque los que tenemos un salario no podemos subsistir, debido a la inflación que se come el sueldo, cuando llegué, llegué en ceros, no tenía recursos para trabajar ni nada”, dice.

Su casa era de tres cuartos, grande, cómoda y agradable, quedaba en la vía que conduce a Caracas. Sus ingresos eran buenos, con nostalgia cuenta cómo cambió su vida en tal solo un año. Y así fue. Milena vendió su casa y su carro con la esperanza de estar más cerca de la ciudad y tener una mejor vida para su familia, para su desdicha, cuando quiso invertir el dinero que le quedó con la venta, no le alcanzó “ni para comprar una puerta”.

La situación económica de su país estaba cada vez más difícil, cuenta que sus vecinos abandonaban carros, porque ni siquiera se conseguían los repuestos para repararlos. “La gasolina está escasa, lo último que supe es que ya no hay gas de cocinar”, dice.

Una decisión sin vuelta atrás

Migrar a Colombia no era una de sus opciones, aún con su hijo menor en el vientre, Milena empezó a viajar esporádicamente a Riohacha a vender papas y plátanos. Viajaba en camiones y les pagaba a los conductores por la cantidad de mercancía que transportaba. “Por cuatro cascos de plátano me cobraban $50.000”, explica. Los pesos colombianos que conseguía se convirtieron en su sustento diario, para seguir en su casa de Santa Rica. Pero sus 7 meses de embarazo empezaban a preocuparla ya que sabía que no podía seguir viajando así. Ese fue el momento decisivo. “Cuando tuve 7 meses y no me podía subir a los camiones decidí quedarme aquí con mi hija mayor”, recuerda Milena.

La decisión fue dura, dos de sus hijos se quedaron con la familia de Milena en Venezuela, mientras Abey, su hija mayor, y Milena decidieron aventurarse a la incertidumbre de llegar a un país nuevo.

“Yo me pongo a hacer bolitas aquí (lotería), si quieren se pueden poner aquí a hacer minutos”. Con esas palabras una muchacha las recibió en Riohacha. Les prestaron una mesita, un teléfono celular y empezaron a vender minutos en una calle de la ciudad. Las ganancias de la venta de minutos a celular no le estaban alcanzando para sus gastos. Al final del día terminaba con $18.000 pesos en la mano, y de allí debía pagar el préstamo del celular ($10.000) y el arriendo diario de una habitación ($4,000): se estaba volviendo insostenible la situación. Por eso decidió probar suerte en Maicao.

La mano amiga de una colombiana

Luego de tres meses de trabajo duro, Milena ahorró y logró conseguir un celular propio; era el primero de muchos logros en su nueva vida.

Una colombiana de corazón gigante les brindó luz eléctrica para cargar el celular y un espacio en la acera de al frente de su casa, un hombre les regaló una mesita de madera y ya todo comenzó a ir mejor, “Ya podíamos pagar la pieza por lo menos”, dice. Comía con su hija en un refugio de la ciudad y ahorraban cada peso con inteligencia y astucia. Y añade: “Gracias a Dios la señora nos cobijó y nos dejó quedar aquí”, cuenta emocionada una colombiana les brindó el frente de su casa para trabajar.

En octubre unas personas se acercaron a hablarles de un programa que les podía ayudar, Milena no entendía de qué le hablaban. “Estábamos aquí y se nos acercaron a darnos unos tickets, que fuéramos allá, que miráramos ese programa, cuando yo me acerqué nos hicieron una entrevista, nos pidieron los documentos y nos dijeron que eso era una ayuda”, cuenta con alegría mientras sostiene a su bebé.

Milena y Abey fueron seleccionadas como participantes del programa Respuesta Venezuela, una iniciativa de Mercy Corps que apoyo a más de 1600 familias venezolanas migrantes y retornadas. “Cuando por fin me entregaron la tarjeta sentí mucha alegría, emoción, esperanza”, dice Milena.

Gracias a este apoyo, Milena logró traer a Colombia a sus dos hijos que seguían viviendo en Venezuela, comprar una estufa para su hogar e invertir en un carrito de fritos para empezar un emprendimiento de comidas. Su corazón se reconfortó al tener a sus hijos finalmente reunidos y ver cómo, poco a poco, las cosas iban mejorando, “yo estaba con una zozobra porque yo no sabía cómo estaban ellos allá, si estaban comiendo bien, y como no podía girarles sin un sueldo”.

Viviendo el día a día de una nueva vida

Milena empieza su día a las 4:30am de la mañana y a las 5am levanta a Yuliana y Abey. Desde muy temprano comienza a fritar los productos que va a vender. A unas pocas cuadras de la habitación en donde viven, sus hijas le ayudan a acomodar su carrito para llevar la mercancía a su lugar de trabajo.

Aún vende minutos al lado de su carrito de fritos, sobre las 6 de la mañana comienzan a vender. Su hija mayor le ayuda en todo y se van turnando: una de 6 a 12 del día y la otra de 2 a 7 de la noche.

Normalmente, con las ventas diarias le quedan alrededor de 20.000 pesos. Sin embargo, aún debe pagar los 10.000 pesos para el arriendo, los gastos de la bebé y la comida, así que apenas le quedan 5.000 pesos de ganancia diaria. “Lo que gano, es lo que gasto, casi exactamente”, dice.

Se muestra tranquila porque sabe cómo manejar un presupuesto para sus ventas. Hace unos meses participó en un taller psicosocial del programa Respuesta Venezuela y allí aprendió a llevar las cuentas para su negocio. "Ahí nos decían que podíamos usar ese dinero para comprar lo que necesitáramos, para comprar aseo, utensilios de la casa, que le hiciéramos buen uso; nos hicieron un taller psicosocial, me acuerdo”.

Parte del cambio es adaptarse, y Milena reconoce que no ha sido fácil. “Mi vida dio una vuelta 360 grados, yo antes estaba en mi escritorio, dando clases, ahora haciendo comida para la venta”, dice. En voz alta y frente a sus hijos dice que ningún trabajo es denigrante y que realmente sería malo si estuviera haciendo cosas como robar o matar por dinero.

A pesar de no estar trabajando de docente, sus hijos pueden comer y están estudiando e incluso ya les pudo comprar el uniforme. Entre risas cuenta que su hijo Julio se tomó una foto el día que ella le pudo comprar el uniforme y que ahora camina con orgullo por su colegio, con su nuevo uniforme que le compro su mamá.

Un horizonte de color esperanza

Milena describe su vida cuando llegó como “en blanco y negro” y “ni ganas de hablar me daban”, dice cuando recuerda sus primeros días. Pero ahora está esperanzada y tranquila, sabe que el actuar bien tiene sus recompensas y que su amor y dedicación por mantener a su familia están dando frutos.

“En nombre de mi familia quiero agradecerle a Mercy Corps por toda su ayuda, tal vez sin esa ayuda yo no hubiera podido traérmelos a ellos, sobrellevar esta carga (…) Dios me envió unos angelitos”, le dice Milena a un compañero del equipo.

Sueña con poder disfrutar nuevamente de una casa propia, de no tener que preocuparse por la comida del día siguiente y de lograr ejercer su profesión en Colombia. Quiere agrandar su emprendimiento, pagar un alquiler y establecer su local propio, está motivada porque sus ventas han aumentado. “Chataroy”, como le dicen de cariño a la mujer que le brindó la mano a Milena cuando llegó, ve como poco a poco, al frente de su casa, llegan nuevos clientes que se cautivan con los sabores de la comida de esta docente, que, en menos de un año, ha logrado establecerse en un nuevo país.

Por las calles de Maicao aún escucha historias de familias venezolanas, que, como la suya, han tenido que migrar a Colombia, y sabe por experiencia propia que la esperanza es lo que los mantiene motivados a mirar hacia adelante cada día.

El programa Respuesta Venezuela apoyó a más de 8.000 personas venezolanas, colombianas retornadas y comunidades de acogida, para integrarse en un nuevo país.