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Empezar una vida reciclada en otro país

22/07/2019
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Asistencia Humanitaria Integral BPMR XIII


Apartadó es un municipio de alrededor de 200.000 habitantes del norte de Antioquia. El puesto fronterizo con Venezuela por el que entran más migrantes, en Cúcuta, está a más de 1.000 kilómetros de este municipio. La migración no entiende de distancias, solo de encontrar una mejor vida. A Jennifer Carrasco tampoco le importó cuando llegó hace un año con sus dos niñas al municipio, tras tres días de viaje desde su natal Valencia.

Jennifer, de piel oscura y pelo negro como un túnel en la noche, tiene una casa hecha a base del sudor de su frente. Ella se dedica al reciclaje junto con su esposo. "Todo lo que ven acá es del reciclaje", dice. Menos una cosa. Sus cortinas a las que tiene un gran cariño porque fue lo único que se trajo de Venezuela.

Para llegar acá es necesario dejar una de las vías principales que salen de Apartadó y tras varios giros, seguir una hilera de casas algunas en ladrillo otras en chapa, hasta que el camino muere. Acá, en otra frontera, esta vez la que marca el inicio de la plantación bananera, vive Jennifer con su esposo y sus dos hijas, de 7 y 12 años.

Recuerda su querida Valencia, donde tuvo que dejar su casa, justo antes de terminar de construirla. Ella y su esposo tenían una empresa que fabricaba productos de limpieza y los vendía a negocios y casas particulares. Pero en los últimos años, le era muy complicado encontrar la materia prima y cada vez se hizo más difícil terminar el día con más de un plato de comida. Un día cuando miró a su alrededor recuerda: "No tenía absolutamente nada en mi casa".

Nos vamos hoy, preparen todo que nos vamos a las dos de la tarde. —Dijo a sus hijas.

No tenía ningún tipo de documento, aunque pagó por tramitar unos pasaportes que nunca llegaron. Recuerda que no le pidieron papeles pero cuando llego a la frontera sabía que no iba a ser tan fácil. "Cuando llegué a la frontera yo veía que todo el mundo pasaba y yo me quedé con mis dos hijas congelada", explica. Entonces se alió con una amiga para que esta distrajera a los oficiales y ella salió corriendo buscando el lado colombiano, con tanta angustia que se le olvidaron hasta las maletas que traía. Y casi sin un peso a Colombia. "Tenía 600.000 bolívares y me dieron 2.000 pesos". Su esposo, que llegó un poco antes que ella, le mandó plata a Cúcuta para que llegara hasta Apartadó, donde empezaron a vivir en la casa de su suegro que es colombiano.

¡Ay no negro! ¿para qué vamos a ir? ¿Nosotros para dónde vamos a ir? —le dijo a su esposo cuando hace años tenían cita para recoger los pasaportes.

Y añade en seguida: "Y mira cómo son las cosas. La vida da muchas vueltas". Además, confiesa que nunca escuchó de Apartadó. Solo había escuchado Cúcuta y Maicao.

Agradece el trato que le dieron los vecinos de la invasión que les cedieron un terreno pequeño en primera línea de plantación bananera, paisaje típico de esta zona del Urabá antioqueño.

Reciclar para empezar una nueva vida

Se levanta con su esposo cada día a las 2 de la mañana hasta las 1 de la tarde y recorren las calles de Apartadó en un viejo triciclo, en buscar de chatarra, caucho, plásticos, tapones, madera. "Hoy nos vinimos antes porque no vendimos, muchas veces nos hacemos 6.000, 7.000 depende cómo este el día", cuenta. A veces, confiesa que consiguen hasta 60.000 pero esa lotería solo les toca como una vez al año.

"Todo". Al preguntar sobre lo que más anhela de su casa, esta palabra retumba en las paredes de material reciclado adueñándose de la calma de la tarde.

Fue difícil también acostumbrarse a trabajar en el reciclaje y le costó más de un llanto. Pero aún más tener la familia lejos. "Dejar a mi madre allá en esa situación es duro...porque es duro", dice con voz temblorosa. A pesar de ello, habla que no le fue muy mal acá y ya sabe lo que quiere hacer ahora: "El cariño de mis vecinos ha hecho que yo no me quiera ir". Todos son colombianos y siempre están pendientes de ella. Lo que sí le gustaría es que su esposo consiguiera un trabajo y tenga su cédula. El papá de él, es colombiano pero nunca solicitó su cédula y están haciendo trámites para conseguirla y tener acceso a más recursos.

Un día cuando estaba escribiendo a su familia, su hermana le dio una mala noticia.

Jenni te tengo que decir una cosa. — le dijo.

¿Qué? — le respondió preocupada.

Mi mamá parece que tiene cáncer de seno. — dijo su hermana.

"Sin plata, y que le den una noticia así, imagínese cómo se pone uno". Pero añade: "Entonces me llamó Mercy Corps. El mismo día que recibí una mala noticia, recibí una buena noticia", explica alegre.

Además, se muestra muy feliz de haber podido participar en los talleres donde recibió atención psicosocial, orientación legal y pudo conocer más sobre cómo manejar mejor los recursos y los derechos que tiene. Ahora ya nadie la puede engañar. "Mercy Corps me ayudó mucho porque son como unas amigas para nosotros, siempre estaban ahí cuando tenía alguna pregunta", dice.

Como Jennifer, acompañamos a personas que, sin importar su nacionalidad, tuvieron que empezar de cero en un nuevo lugar. Esta historia forma parte del programa Soluciones Humanitarias Duraderas con el que atendemos a más de 5.300 personas víctimas del conflicto armado en 24 municipios de Chocó, Putumayo, Cauca y Antioquia.