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El camino a la esperanza de Vicmary en Colombia

10/10/2019
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Respuesta de Emergencia Venezuela


Por: Víctor M. Leiva.

Vivían en una casa común en un barrio tranquilo de Maracaibo, Venezuela, sin grandes lujos, no tenían que pagar agua, gas, ni arriendo. “Desde que uno llega [a Colombia] paga arriendo, el agua que uno toma, todo”. Ella es Vicmary Rivero y desde hace un año rebusca el sustento para su familia vendiendo lo que sea en las calles de Maicao, La Guajira, muy lejos de esa forma de vida que tenía en Venezuela.

En Venezuela, estuvo trabajando en una joyería, y luego vendiendo quesillos, pero decidió empezar el camino a Colombia tras no conseguir la medicina para su hijo de 10 años quien sufre de hipoxia cerebral, a causa de que le forzaron el parto y su cerebro perdió neuronas por el trauma. Además, de ver afectada su capacidad cerebral, también se vuelve violento, se autolesiona, y deja de comer si no recibe el tratamiento adecuado. Por eso, necesita comer unas pastas que valen entre 25.000-30.000 pesos colombianos (la opción barata, y con menor efecto), y más de 100.000 (la opción cara), que debe tomar una vez al día. “Estábamos pasando mucha necesidad, mi hijo no tenía su medicamento, no tenía sus pañales, era difícil de encontrar todo eso, si yo dejo de darle el medicamento tres días se me altera, no duerme, la comida, todo eso”, cuenta con preocupación.

“Con una mano delante y la otra detrás”

El camino hasta Colombia fue aún más complicado porque no tenían dinero y llegaron como ella cuenta: "con una mano delante y la otra atrás". Además, el estado de su hijo también le preocupaba. “Estuve orando para que él no se agrediera y pudiera dormir y descansar”, añade.

Cuando llegaron un colombiano, al verlos en la calle, les dio posada durante un mes. Ella mientras le colaboraba en algunos asuntos y su marido trataba de salir a trabajar podando maleza en fincas, ya que es complicado encontrar algo mejor. “Hay muchas veces en que hemos salido a pedir porque no hay trabajo, salimos de casa en casa a tocar puerta a puerta, a ver si quieren que les lavemos, si necesitan que les planchemos, si quiere que le cosamos, todo…pero no quieren. Riohacha es muy difícil, no hay trabajo”, comenta.

Ahora encontraron otra lugar donde suelen llegar los venezolanos en su situación. Tienen una pieza por 15.000 pesos diarios y deben pagar además más 2.000 para usar la cocina. Algo que se hace difícil de pagar cuando no tienen una entrada fija de plata por lo que Vicmary hasta sale a la calle para pedir ya que cuenta que tuvo poco apoyo externo pero cuando se enteró de la ayuda con la que le apoyamos, empezó a mejor un poco su situación: “Mercy Corps nos dio una ayuda muy buena, pagué arriendo, incluso compré una pequeña nevera, termo, agua, los insumos para hacer tinto, y empanadas”. Con eso Vicmary, empezó a salir a la calle para vender lo que consiguió.

Sin embargo, su hijo cayó hospitalizado y las fuertes lluvias que azotaron la ciudad, no pudo salir a vender sus cosas lo que hizo que se vieran con poca plata de nuevo. Ahora volvieron a pedir en la calle para recuperar algo de dinero y seguir con su pequeño negocio. Una de las cosas, dos ayudas las utilice para arriendo y las otras fue para comprar las cosas de los termos y eso.

Una de las cosas que más le quita el sueño es el miedo a que la desalojen. “Como uno ya tiene tiempo aquí, ellos tienen consideración pero cuando te mandan a desalojar, te quieren quitar lo poco que tú tienes”, explica. Además, cuenta como esta situación es aún más complicada para los dos pequeños de la familia. A veces, cuando no le alcanza la plata para comprar la medicina para el mayor, trata de hacer algún remedio casero. “Voy y busco limón y hago un té de limón y se lo doy calientito para que le refresque, cosas que uno se las ingenia como madre”, explica. También se muestra por su otro hijo cuando dice: “Él no ha estudiado, aquí ha visto cosas que no tiene porque verlas y ahorita esta rebelde, dice malas palabras porque no está creando un hábito de estudio como tal”.

Vicmary sigue soñando y confiando en que la situación mejorará. “Quiero estar tranquila de que no me toquen la puerta, tener un trabajo, que mi hijo esté estudiando, que mi otro hijo tenga sus medicamentos, tenga su coche para que no se canse de caminar y que mi marido y yo trabajemos como en Venezuela para poder tener mis corotos (pertenencias)”, dice esperanzada. Y concluye: “no pido mucho, solo poder estar tranquilos”. 

El programa Respuesta Venezuela apoyó a más de 8.000 personas venezolanas, colombianas retornadas y comunidades de acogida, para integrarse en un nuevo país.