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Teresa, la venezolana que cambió la ruta del mapa por un futuro mejor

05/09/2019
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Integrated Humanitarian Assistance BPMR XIII


Por: Valentina Jacome.

En el Valle del Guamuez, Putumayo, vive Teresa, una madre risueña y trabajadora que se despierta todos los días a las cinco de la mañana a trabajar en La Hormiga, el terminal de la ciudad. Los transeúntes la desconocen, pero las personas que trabajan allí conocen de primera mano la historia de valentía y esfuerzo que protagonizó hace 14 meses, cuando llegó a este municipio, a 20 minutos de la frontera con Ecuador.

Teresa llegó a Colombia con Amaily, su hija de 23 años, Jesús, su hijo de 14 años y la pequeña Victoria, su nieta (y casi hija, como dice ella), de ya casi 5 años de edad. Sus sobrinos también la acompañaban.

Llegaron desde Venezuela con una promesa en el bolsillo: un viaje hasta Perú que los reuniría con parte de su familia. Lo que ninguno sospechaba era que su vida ya tenía una historia que contar en Colombia.

Una vida que fue en Venezuela

“Mi vida allá en Venezuela era muy trágica, muy acelerada”, así recuerda Teresa los once años que duró trabajando para una Institución del Gobierno en el Estado de Miranda, en Venezuela.

Esta venezolana de 46 años se dedicaba incansablemente a cuidar a niñas y niños en una guardería de un hospital público. Teresa trabajaba de lunes a viernes de 1 de la tarde a 7 de la noche. El sueldo estaba bien, podía hacer las compras del mercado sin falta y pagar el colegio de Jesús y el semestre de informática de Amaily.

Sin embargo, la crisis de su país no estaba teniendo piedad ni preferencias de ningún tipo. Poco a poco, el dinero que tanto trabajo le costaba ganar, estaba esfumándose en los transportes durante las 5 horas que tardaba todos los días para llegar al trabajo. “Tenía que montarme en la gandola, en el camión del aseo, tenía que hacer mil maromas para llegar al trabajo a tiempo”, cuenta Teresa.

Duró más de dos días sin comer, “lo que yo medio conseguía era para darle a ellos dos, a la niña y el niño”, dice mientras los señala con la mirada. Llegó un momento que la comida no era abundante como antes, y al mirar el suelo vio sus zapatos rotos y con agujeros, “esas cosas eran las que yo decía, Dios mío no puede ser”, dice también. Su sueldo eran 700 bolívares y llegó un momento que gastaba 1.300, solo en pasajes.

La idea de migrar para Perú, a la casa de dos de sus hermanos, empezó a ser más clara. Teresa inició los trámites de salida del país de sus hijos. Venezuela ya no era su país soñado.

Me voy ¿Te vienes o te quedas? — le dijo Teresa a su hija, Amaly.

“Pues también me voy”, respondió.

Teresa tardó una semana organizando maletas y comunicándose con su familia en Perú. A última hora, el papá de los niños firmó el permiso de salida del país así que ya todo estaba listo para salir de Venezuela. Compraron los tiquetes hasta Cúcuta, en donde pensaban esperar el dinero de sus familiares para finalmente adquirir los pasajes aéreos hasta Perú.

Salieron un sábado a las cinco de la tarde de Caracas y llegaron a Cúcuta el domingo como a las diez de la mañana. Ahí se quedaron dos días esperando el dinero de sus familiares para viajar a Trujillo, en el norte del Perú.

La travesía hasta allá era larga y confusa. Teresa relata su viaje con una risa nerviosa que no la deja narrar, cuando recuerda cómo le robaron el único dinero con el que contaban para llegar.

Ella solo sabe que cuando abrió los ojos, estaban en el terminal de La Hormiga, en Putumayo. “Como a los 20 minutos nos dijeron que el bus se había desviado y que no podían hacer nada”, fueron 1.200 dólares perdidos.

Sus sobrinos vendieron sus cadenitas y el desespero de la familia, sin plata ni rumbo fijo, fue evidente ante los ojos de las familias colombianas que vendían sus alimentos en el terminal de la ciudad.

Una mujer, dueña de unos de los restaurantes del lugar, se conmovió ante el llanto de la pequeña Victoria, extendió su brazo y le regaló $2,000 pesos. “Nos dieron el desayuno, el almuerzo y la cena ese día”, cuenta Teresa con gratitud. Los planes de llegar a Perú estaban detenidos y la fraternidad que a Teresa le estaban brindando la llenó de fuerza y esperanza. Al día siguiente le ofrecieron trabajo en el restaurante y una habitación donde quedarse con su familia.

“Yo digo que tengo el ombligo sembrado porque voy, trabajo en otra parte; regreso y voy a otro lado pero siempre termino aquí”, dice Teresa con felicidad.

La llamada de la señora Sol

“Yo estaba trabajando con doña Camila cuando la señora Sol me llamó”, así cuenta Teresa cómo fue el momento en el que conoció el programa Respuesta Venezuela, una iniciativa de Mercy Corps que tiene como objetivo acompañar a venezolanos migrantes y colombianos retornados en situación de riesgo.

Luego de una entrevista y un par de llamadas, una semana antes de navidad, Teresa recibió una ayuda económica, “como caída del cielo”, como dice ella. Justo cuando debía una cuota del arriendo. Con este apoyo también compró ropa para sus hijos y logró hacer el mercado del mes.

Pero eso no fue todo. Teresa recibió una segunda ayuda con la que logró comprar insumos de cocina e inaugurar un puesto de comidas en el terminal de La Hormiga, el mismo terminal que la recibió a ella y a su familia cuando llegaron sin rumbo hace 14 meses.

Además, asistió a unas capacitaciones de medios de vida, en las que fortaleció sus capacidades de liderazgo y emprendimiento. “Eso fue una gran cosa para mí, eso fue el arranque para empezar mi negocio”, dice con orgullo.

A las seis de la mañana empieza a montar las ollas en el fogón y pitar los fríjoles, algunos días a la semana su hija le ayuda a vender. Al mes logra conseguir $700.000 pesos, de los cuales debe pagar $200.000 de arriendo. Suele vender a $6.000 el almuerzo, y por ahora le va alcanzando para salir adelante. Su menú está bien completo pollo sudado, carne, spaguetti, arepas rellenas. Teresa sabe cómo satisfacer a sus clientes, cocina “lo que la gente quiera”, dice. En unos meses se imagina ya con su negocio bien posicionado, con mesas, empleados y clientes de todo el país.

Teresa sigue viendo muchas historias de familias venezolanas migrantes que llegan al terminal, como ella meses atrás, sin rumbo ni recursos. Para ella, lo importante es “portarse a la altura y dar la talla”, sabe que el trabajo duro tiene su recompensa.

Ya Perú no es una de sus opciones, ya Teresa encontró su nuevo futuro. “Ya de aquí no me voy a otro lado, acá en Colombia me quedo”.

A través del programa Soluciones Humanitarias Duraderas acompañamos a familias como las de Teresa que tuvieron que huir de su país. Además, apoyamos a más de 5.300 personas víctimas del conflicto armado en 24 municipios de Chocó, Putumayo, Cauca y Antioquia.